Después de Varanasi, continué mi camino en tren hacia el Este, hasta llegar a Gaya, en el estado de Bihar, donde casi tengo que dormir en la estación. Coincidía con el festival de
Dussera (más información
aquí), uno de los más multitudinarios de la India, así que casi todos los hostales y hoteles estaban ocupados. Al final di con una pensión bastante lúgubre, pero suficiente para reposar. A la mañana siguiente por fin pude alcanzar
Bodhgaya, a unos 12 kilómetros, un pequeño pueblecito considerado unos de los principales lugares de peregrinación para los budistas. Fue aquí donde, allá por el siglo VI a.C, el príncipe Siddharta alcanzó la Iluminación debajo de una higuera, y pasaría a ser conocido desde entonces como Buda.

Bodhgaya es una localidad bastante tranquila y acogedora, donde la mayor parte de la actividad transcurre en torno al
templo de Mahabodhi, patrimonio de la Humanidad, y uno de los lugares más venerados y sagrados del budismo. En el centro del recinto se encuentra la
stupa (tipo de monumento funerario budista) principal, de unos 52 metros de altura, en cuyo interior se halla una estatua de Buda hecha totalmente de oro.



Pero sin duda, el principal punto, alrededor del cual se concentra la mayor parte de peregrinos que acuden al templo, es el árbol sagrado, debajo del cual Buda alcanzó el Despertar después de siete semanas meditando, y descubrió las llamadas cuatro Verdades, en las que se concentran sus enseñanzas. En resumen, dichas verdades vienen a decir que:
1- La vida no es de color de rosa, y el sufrimiento existe y es universal.
2- La causa del sufrimiento es el deseo, y este procede de la ignorancia.
3- El sufrimiento no es algo eterno, sino que es posible acabar con ello.
4- A través del llamado “Noble camino” alcanzamos el cese del sufrimiento y podemos alcanzar el
nirvana.
Justo al lado del árbol, se conservan un par de huellas, se suponen que pertenecientes al Iluminado.


A pesar de haber nacido en la India, el budismo aquí es una religión minoritaria (sólo un 0,8 % de la población es budista). Las invasiones musulmanas acabaron con la mayor parte de los templos y empujaron a los seguidores de Buda hacia el Oriente. Por otra parte, los budistas se oponían al sistema de castas lo que les hizo ganarse la antipatía de los hinduistas. Estos consideran a Buda una reencarnación más del dios Vishnú, y no como el creador de una doctrina totalmente independiente.


Algunos monjes realizando sus ejercicios espirituales
Aparte de la stupa principal y el árbol sagrado, el complejo de Mahabodhi cuenta con un jardín dedicado a la meditación, un estanque (que huele a pez muerto que tira para atrás) y una estupenda y bien cuidada área cubierta de césped, sobre el que echarse y disfrutar de una tranquila atmósfera, desconectando del barullo del exterior sin ser molestado por el “estudiante” de turno. Si, aquí abundan los presuntos estudiantes, que supuestamente solo buscan practicar el idioma, pero que en el fondo solo les interesa que les sueltes algo de dinero por explicarte cuatro cosas del pueblo. Con un “no” rotundo basta para quitárselos de encima.


También está esta columna, en la que si uno logra posar una moneda encima, todos sus deseos se cumplirán
Entre los atractivos de Bodhgaya también se encuentran una serie de monasterios, donde están representados varios países donde se practica el budismo. Cada uno de ellos tiene su particularidad. En su interior se guardan diversas reliquias y en sus paredes se narran diferentes episodios de la vida de Buda a través de magníficos frescos, como en el de Bhután o el Tibet. Por último, casi saliendo del pueblo, se encuentra una estatua gigante de Buda, de unos 19 metros de altura, construida por los japoneses.


Monasterio de Bhután

Monasterio de Thailandia
Al igual que a la llegada a Gaya, con los problemas de alojamiento, el festival de Dussera me volvió a fastidiar a la vuelta. Con el barullo de gente, no había forma de encontrar un
tempo (especie de
autorickshaw, pero algo más grande), y los que había pedían cantidades astronómicas. Para colmo había tormenta y estaba diluviando. Menos mal que al final encontré a una familia india muy maja, a la que me acoplé, para así compartir gastos. Ya en la estación, aún me quedarían 5 horas de espera hasta que saliera mi tren, a eso de las 2 de la madrugada. De todas formas no me aburrí. Aquí en la India, cada dos por tres llega alguien y se pone a hablar contigo de repente, y ya tienes conversación para una hora al menos (y si hablas algo de hindi, pues mucho más). Como Gunjen, un chico que también esperaba el mismo tren y con el que pasé un rato bastante ameno. Son este tipo de situaciones tan espontáneas y naturales las que sin duda echaré de menos a la vuelta.

El diablo Ravana a punto de ser quemado, poco antes de la tormenta

Gunjen en los aledaños de la estación

Estación de Gaya de medianoche (aunque podría ser cualquier otra en la India)
Como conclusión de mi paso por Bodhgaya, decir que el sitio no es nada del otro mundo, a no ser que os apasione el budismo. Vale que el templo de Mahabodhi tiene su punto, y que se respira muy buen rollo allí dentro, pero no creo que merezca mucho la pena la visita si tenemos en cuenta lo mal conectada que está con otros lugares de interés. Aparte, las opciones de alojamiento a buen precio son muy escasas, y para los que os interese ir de compras, aquí no vais a ver nada que no podáis encontrar en cualquier otra ciudad india y por un mejor precio. Aun así, tampoco puedo decir que haya sido un chasco. Me acabé llevando buenos momentos y detalles, y una hojita del árbol sagrado que ya forma parte de mi colección de fetiches, junto a mi garrafita de agua del Ganges o la estampita del Gurú Nanak. Un poco pamplinas que es uno, que le vamos a hacer.